Estas piscinas se hallan en un barrio de La Habana. Su decrepitud sobrecoge. En su mayoría, han sido víctimas de la acción de la naturaleza. Sobre todo, de los embates del mar con el que lindan. No es fácil comprender por qué las construyeron allí y así, vulnerables ante enemigo tan formidable y pertinaz.

Luego pasaron muchas cosas. Y sufrieron del olvido de una sociedad que ni quería ni podía permitirse repararlas y mantenerlas.

Sus restos encarnan ese futuro que iba a ser y no fue. Son el espejo de tantas promesas jamás cumplidas. Y también de tantas realidades y proyectos que se mataron o se dejaron morir.

Cano Erhardt, mayo 2020

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